Tiempo de sublevaciones, tiempo de elecciones

Sottotitolo: 
El curso de las reformas urgidas por la crisis se puede leer como un proceso destituyente de derechos que culmina en una seria crisis democrática.

La hipérbole que enlaza la sublevación con el proceso de elección de los representantes de la ciudadanía en sus órganos legislativos, pero se basa en la percepción bastante evidente de la importancia de las elecciones del 28 de abril como un momento clave en el que se resuelve la crisis democrática que hunde sus raíces en la gran crisis financiera del 2008. Una resolución que puede llevar a la consolidación y profundización de un marco institucional profundamente autoritario, que ahonde y extienda la degradación de derechos civiles y sociales, o que posibilite por el contrario un nuevo espacio público que garantice contenidos democráticos básicos y que revierta las posiciones más dañinas en materia social y económica para las clases subalternas que se han ido produciendo en este país a partir del 2010.

En una exposición celebrada en Buenos Aires hace ya un año y medio, cuyo catálogo me regaló mi amigo Guillermo Gianibelli en una de sus escapadas a la UCLM, Georges Didi-Huberman hacía una larga reflexión – que él llamaba “fragmentos” – sobre los actos que nos sublevan, el “brote de libertad” que se expresa en la rebelión, la importancia de desarrollar la potencia de lo social frente al poder público y privado, y la necesidad de un “tiempo de rebelión” como eje del deseo insatisfecho de los seres humanos sufrientes y desiguales. En un párrafo aludía a la relación entre sublevarse y rechazar, y es un texto que viene a cuento de la idea que sustenta esta entrada del blog. Dice así:
“¿No será la evidencia de las sublevaciones, de entrada, la del gesto mediante el que rechazamos cierto estado – injusto, intolerable – de las cosas que nos rodean, que nos oprimen? Pero, qué es rechazar? No es solo dejar de hacer.

No es, fatalmente, acantonar el rechazo solo en el reino de la negación. Rechazar, gesto fundamental de las sublevaciones, consiste sobre todo en crear dialéctica: rehusando hacer lo que nos imponen abusivamente, no podemos (no tenemos que) conformarnos con eso, evidentemente. Uno no rechaza cierto estilo de vida limitándose a escoger no vivir. Así pues, en realidad la única forma de rechazar es decidir existir y hacer otra cosa. Allí donde algunos pretenden rehusar conformándose con el ‘preferiría no’, retirando o disminuyendo su fuerza, otros asumen el riesgo de exponer su rechazo incluso en el apoderamiento de otro hacer. Y cuando digo que se exponen, quero decir que no tienen miedo – desde su posición subalterna, su lugar de impoder – de ‘hacer algo’ en el espacio público a pesar de todo. Probablemente es lo que Walter Benjamin pretendía dar a entender mediante la expresión ‘organizar nuestro pesimismo’. Rechazar es la potencia de hacer de otro modo”.

Esta evocación del rechazo es perfectamente válida para el momento actual. En las elecciones de finales de este mes – en primer lugar, seguidas de las muy importantes elecciones europeas de finales de mayo – se pueden reconfirmar las estrategias de dominio que se han llevado a cabo a lo largo de los procesos de reformulación de los equilibrios de poder en el marco institucional a partir de la irrupción de la crisis y que se han ido imponiendo sobre la base de las exigencias de la llamada gobernanza económica europea a través de las políticas de austeridad que condicionaban políticamente el sentido de las reformas estructurales que incidían sobre la “contención” del gasto público, la reforma constitucional para imponer a regla del equilibrio presupuestario y el pago prioritario de la deuda sobre cualquier gasto social, las reformas laborales que degradaron las garantías de empleo y el poder sindical, la reducción de las prestaciones sociales y el endurecimiento del acceso a las pensiones y la emanación de normas enormemente restrictivas de las libertades de reunión y de manifestación, o la persecución de los piquetes de huelga. El curso de las reformas urgidas por la crisis se puede leer por tanto como un proceso destituyente de derechos que culmina en una seria crisis democrática todavía no resuelta, y que se inserta en un proceso de cambio de ciclo político en América del Sur (y en Estados Unidos), junto con la emergencia de un neosoberanismo político en Europa que posiblemente podrá ser medido electoralmente a partir de las elecciones europeas de mayo de 2019.

La situación en España, la denominada “oferta electoral” es terrible. La tripartición de una derecha neoliberal y autoritaria, que niega los contenidos más importantes del pacto constituyente de la Transición democrática, que permitieron la integración en el mismo de las fuerzas de izquierda y que se pueden resumir en el reconocimiento de los derechos civiles y políticos, la presencia fuerte de un Estado Social con la previsión de derechos individuales y colectivos derivados del trabajo como elemento central en un compromiso de nivelación social y la definición de la estructura territorial del Estado como un estado complejo, con una suerte de federalismo asimétrico devaluado, hace ostentación de un ideario político apenas diferenciado entre sí que coincide en reducir el texto constitucional a una lectura inconcebible del mismo en clave neoliberal, junto con la exaltación de la monarquía y  de un Estado unitario con expresa intención de amputar la autonomía política a Catalunya. Todo un programa de reciclaje constitucional reaccionario que implica la deconstrucción del modelo constitucional del 78.

No cabe frente a esta amenaza real una simple posición de rechazo que se limite a denunciar lo que está sucediendo, el incremento de la desigualdad, la reducción de derechos civiles, laborales y sociales. Ante esta profunda crisis democrática que pretende transformar nuestros sistemas en una democracia de baja intensidad y en la que se penalice la dimensión colectiva de la representación del trabajo, es necesario “hacer de otro modo” es decir, plantear una alternativa que pasa por la (re)regulación de la existencia social a partir de la apropiación del espacio público por las posiciones políticas de las fuerzas que pueden dar voz a quienes nunca la tienen desde su condición subalterna. En concreto, es estratégico – y así lo vienen repitiendo una y otra vez los sindicatos confederales CCOO y UGT – que se reviertan las reformas laborales originadas en la crisis.

Eso no implica retornar al punto de partida en el que se hallaba la legislación laboral en el 2009, sino reformular en el momento actual garantías colectivas e individuales del derecho al trabajo y la consolidación de un marco institucional fuerte en torno a los sujetos colectivos que representan el trabajo. Pero ante todo eliminar los aspectos más dañinos de las reformas laborales que el Gobierno de Pedro Sánchez no se ha atrevido a llevar a cabo por el procedimiento de urgencia pese a que, como se ha demostrado con los últimos Decretos Leyes en la Diputación Permanente, habrían sido convalidados. Como diría Didi-Huberman, “el miedo se revela como el primer enemigo de las sublevaciones, impone el silencio e inmoviliza los cuerpos, los gestos, los deseos, las voluntades”. Un miedo que no se conjura con 110 medidas de un programa sin compromisos seguros, como el que presenta el PSOE.

Es necesario rebelarse y sublevarse ante un “estado de cosas” que es insoportable. Ello no sólo se manifiesta a través del conflicto abierto, o la toma de las calles para demostrar la protesta. La resistencia o el rechazo tiene también que presentarse como una acción en positivo, es decir, mediante la intervención en el “mercado electoral” consciente de su carácter claramente mercantilizado – es decir sometido a las exigencias de valorización marcadas por la financiarización global de la economía – pero donde aún la autonomía relativa de lo político permite intersticios de acción alternativa en torno a un proyecto de “hacer de otro modo”. Votar en las elecciones sobre esta base, la de intentar cooperar a la resolución de la crisis democrática fomentando una salida que se oponga a la preconizada desde los centros de poder privado que dominan la escena política y mediática. Sublevarse hoy implica también votar por la emancipación pública y privada de quienes son ciudadanos y personas, exigir unas condiciones de existencia dignas, un trabajo estable y decente. Votar, como diría Fernández Buey, para poder hacernos personas a pesar del capital.

Tiempo de sublevaciones que se manifiesta en la opción electoral por una época en la que se conserven derechos y libertades básicos, dentro y fuera de los lugares de trabajo. Un tiempo que requiere una elección que es colectiva pero formalmente se manifiesta en un acto individual, y que no puede sino ser radical e indubitada por un futuro en el que reconocer el derecho a tener derechos no sea una condición de ciudadanía meramente formal  a la que se ha privado de cualquier posibilidad de garantía o de vigencia.

Antonio Baylos

Catedrático de Derecho del trabajo. Universidad de Castilla-la Mancha
Co-Editor Insight.
www.baylos.blogspot.com
antonio.baylos@uclm.es

Insight - Free thinking for global social progress

Free thinking for global social progress